Nuestras Doctrinas
Principios fundamentales de nuestra fe, organizados para tu estudio y edificación.
Fundamentos de la Fe
1. Arrepentimiento +
La presencia y obra del Espíritu Santo en el mundo y en el corazón del hombre por medio del evangelio de Jesucristo (Juan 16:8-11) produce CONVICCIÓN, una consciencia y reconocimiento de que ha pecado contra Dios y necesita confesar esa culpa con un dolor que es según Dios (2 Corintios 7:10).
En resumen, el arrepentimiento no sólo significa sentirse compungido por el pecado, sino apartarse y abandonar la vida antigua (hábitos pecaminosos) hacia un nuevo caminar en la fe en Dios a través del Espíritu Santo y en compañía del pueblo de Dios (Hechos 2:42).
El resultado del arrepentimiento es la salvación, una obra que es tanto instantánea (nuevo nacimiento—Juan 3:3-8) y vivificante, comenzando con la nueva vida que el Espíritu Santo le imparte al creyente y culminando con un cuerpo glorificado (Hebreos 9:28; Marcos 1:15; Lucas 13:3; Hechos 3:19). El arrepentimiento resulta en la Justificación, Regeneración, o lo que se conoce como el “Nuevo Nacimiento”, una experiencia que será descrita más adelante.
2. Justificación +
“Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo: Por el cual también tenemos entrada por la fe á esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:1, 2).
La justificación es tanto un estado como una acción. Por parte del arrepentido, es el estado de vivir sin ofensa hacia Dios. Por parte de Dios, es Su acto de perdonar los pecados de los que la persona se ha arrepentido y declararle aceptada dentro de una nueva relación.
Se dice que la persona ha sido justificada por la fe en Jesucristo; esto es, que sus pecados han sido cubiertos (expiados), y Dios ya no le considera responsable por esos pecados. Ha comenzado una nueva vida espiritual (2 Corintios 5:17), un comienzo referido en ocasiones como “regeneración”.
3. Regeneración / Nuevo nacimiento +
La regeneración describe la obra de Dios en proveer una nueva vida espiritual en el creyente. Los seres humanos sin Cristo están muertos en “sus delitos y pecados” (Efesios 2:1) y deben ser vivificados o regenerados a través del Espíritu Santo (Tito 3:5).
Esta adjudicación de una nueva vida espiritual a través de Jesucristo permite una relación correcta con Dios, la habilidad para adorarle en Espíritu y en verdad (Juan 4:24), y es simultánea con la justificación (descrita anteriormente). Es un acto de la gracia de Dios para reavivar la vida espiritual perdida en Adán (1 Corintios 15:22) para que ahora uno pueda andar conforme al Espíritu y no conforme a la carne (Romanos 8:1–11).
Por consiguiente, se dice que la persona ha “Nacido de Nuevo” o nacido de Dios (1 Juan 5:1). En respuesta a la pregunta doble de Nicodemo: “¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿puede entrar otra vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:4, 5).
Nacer de nuevo, es entonces, convertirse en una nueva creación en Cristo, un hijo de Dios, justificado y regenerado como resultado del verdadero arrepentimiento y fe en la obra culminada de Jesucristo. No hay otra forma de entrar al reino. Esta entrada a una nueva vida de discipulado en Cristo (Hechos 2:42) induce al creyente a buscar activamente más de Dios, en confraternidad y adoración con el pueblo de Dios, y obedeciendo intencionalmente la Palabra de Dios en la medida que el creyente aprende a “tener su vaso (todo su cuerpo) en santificación y honor” (1 Tesalonicenses 4:4).
4. Santificación +
La santificación, así como la salvación, primordialmente se extiende durante toda la vida del creyente. Inicialmente, es una obra de la gracia subsiguiente a la justificación, regeneración o el nuevo nacimiento. Es una obra instantánea, la cual separa a uno para Dios (1 Corintios 1:2) y crucifica y limpia la vieja naturaleza, permitiendo que el creyente sea libre del dominio del pecado: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre juntamente fué crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho, á fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que es muerto, justificado es del pecado” (Romanos 6:6, 7).
“Y esto erais algunos: mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:11). Este derrocamiento de la vieja naturaleza, esta limpieza, separación, impone sobre el creyente la demanda espiritual de hacer “morir las obras de la carne” a través del Espíritu (Romanos 8:12, 13) y de “amortiguad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, molicie, mala concupiscencia, y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3:5).
En adición, 2 Pedro 3:17, 18 nos anima a crecer en la gracia de Dios y conocimiento de Jesucristo: “Así que vosotros, oh amados, pues estáis amonestados, guardaos que por el error de los abominables no seáis juntamente extraviados, y caigáis de vuestra firmeza. Mas creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén”.
Por lo tanto, la santificación requiere de parte del creyente que se “despoje” de algunos hábitos y prácticas, y se “vista” de otras, lo cual significa que debe haber intencionalidad en la “santificación” (Efesios 4:22–32). La santificación nos empodera contra el control del pecado; el creyente responde con una mente renovada para transformarse en la imagen de Cristo (Romanos 12:1, 2) y ser santos en vida y conducta (2 Corintios 7:1).
5. Santidad +
La santidad es un mandamiento del Señor: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:14–16). Es el estado de estar libre del dominio del pecado, hecho posible por la obra santificadora y purificadora de Dios (Romanos 6:11–14; 1 Corintios 6:11), y sostenido además por una búsqueda activa y de todo corazón por imitar la vida de Cristo de parte del creyente que está madurando.
“Porque la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo templada, y justa, y píamente” (Tito 2:11, 12).
“Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). “Porque no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tesalonicenses 4:7). “Así que, amados, pues tenemos tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santificación en temor de Dios” (2 Corintios 7:1).
La santidad también debe ser la meta colectiva de la iglesia como el cuerpo de Cristo, “para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado [a nosotros] de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9, 10).
El Poder del Espíritu
6. Bautismo del espiritu santo +
“Y Pedro les dice: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu [Santo]. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:38, 39).
El bautismo del Espíritu Santo como ocurrió en Pentecostés y en otros lugares subsiguientes en el libro de los Hechos (8:14–17; 10:44–46; 19:2–7) es una experiencia definida que sigue después de las experiencias de la salvación y la santificación o que puede ir acompañado de las mismas hasta de manera simultánea. Jesús le dijo a Sus discípulos: “. . .porque está con vosotros, y será en vosotros” (Juan 14:17).
Esta morada es una experiencia definida e instantánea descrita en las Escrituras por la palabra “bautismo” y es acompañada de la evidencia de hablar en otras lenguas según el Espíritu les da que hablen. El bautismo también es el poder para el servicio que el Espíritu Santo le confiere al creyente para servir en el reino, así como la iglesia fue empoderada en Pentecostés para avanzar con el mensaje del evangelio: “Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).
Esta experiencia no debe ser confundida con el bautismo en agua, la regeneración o la santificación. El Espíritu Santo “vino” (fue enviado por Cristo—Hechos 2:33) para redargüir “al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio”, para servir como guía y director de la iglesia, y para revelar las cosas de Cristo (Juan 16:7–15).
Por lo tanto, es importante que los creyentes procuren recibir tanto el bautismo (Hechos 2:38, 39) como Su plenitud (Efesios 5:18) para que se puedan familiarizar con Su liderato y dirección y participar cooperativamente en Su obra, tanto para la madurez personal cristiana como para servir en la misión de Cristo para el mundo.
7. Hablar en otras lenguas +
Hablar en otras lenguas (magnificando a Dios expresando Sus obras maravillosas en lenguajes normalmente desconocidos para el que habla—Hechos 2:4–8; 11; 10:44–46) es común en el libro de los Hechos para describir el derramamiento del Espíritu Santo sobre los creyentes. En Hechos 19:6 también se muestra el mismo resultado (hablar en lenguas y profetizando) cuando el apóstol Pablo impuso sus manos sobre los doce creyentes en la ciudad de Éfeso para que recibieran el Espíritu Santo.
Al regular el orden y uso de los dones espirituales entre los santos de Corinto (1 Corintios 12–14), Pablo también asiente en el uso privado de las lenguas cuando se ora a Dios e indica que esto edifica el espíritu del creyente en particular (1 Corintios 14:2-4). Cuando los dones de lenguas e interpretación de lenguas se manifiestan en público, deben distinguirse del bautismo con el Espíritu como experiencia individual. Pablo establece esto claramente al referirse a su propia experiencia: “Doy gracias a Dios que hablo lenguas más que todos vosotros” (1 Corintios 14:18).
Cuando Pablo concluye su amonestación priorizando el don más útil (profecía) para la edificación pública, añade: “y no impidáis el hablar lenguas” (1 Corintios 14:39).
En conformidad con el patrón bíblico, la Iglesia enseña que hablar en otras lenguas según el Espíritu da que se hable es la evidencia inicial (observable por otros) del bautismo con el Espíritu Santo. Sin embargo, esta no debe ser considerada como una experiencia “preponderante”. El caminar diario y vivir en el Espíritu (Romanos 8:1–14) continuará edificando el carácter cristiano (el fruto del Espíritu) y debe ser el deseo y práctica de todo creyente.
8. Fruto del Espíritu +
Como fuera mencionado anteriormente, el caminar diario y vivir en el Espíritu provocará que el fruto del Espíritu se manifieste regularmente en la vida del creyente: “Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22, 23).
Tal fruto no puede ser producido por la carne ni por naturaleza humana. De hecho, la naturaleza opuesta y las obras contrarias de la carne son enumeradas parcialmente en el mismo texto que concluye con la siguiente declaración: “. . .los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios” (v. 21).
“Digo pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis la concupiscencia de la carne” (v. 16). “Porque en otro tiempo erais tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor: andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, y justicia, y verdad)” (Efesios 5:8, 9). La obra del Espíritu es esencial para la vida del creyente y para la iglesia.
9. Completa restauración de los dones para la iglesia +
En conformidad con la obra del Espíritu, varios dones espirituales son conferidos a la iglesia y se manifiestan a través de personas, ya sea de manera residente (repetidamente) o espontáneamente, según lo dirige la unción del Espíritu Santo (1 Corintios 12:4–11; Romanos 12:4–8; Efesios 4:7–16).
A pesar de que existen períodos históricos donde los dones espirituales no eran tan prevalentes como en otros tiempos, no hay ningún respaldo bíblico para sostener la idea de que estos dones hayan cesado. La Iglesia de Dios de la Profecía enseña que los dones espirituales existen en el cuerpo de Cristo y son distribuidos, controlados y operados por el Espíritu como a Él le place.
La iglesia no reclama ser la propietaria de los dones, sino que estimula a toda persona a reconocer humildemente y cumplir su llamado al servicio cristiano en respuesta a la dirección del Espíritu. Según la iglesia es restaurada al poder neotestamentario, se espera que los dones del Espíritu sirvan para edificar el cuerpo de Cristo en estos últimos días de la misma manera que lo hicieron en los primeros tiempos.
10. Señales que seguirán a los creyentes +
Siendo que los dones espirituales son la obra soberana del Espíritu Santo, señales milagrosas y maravillas pueden acompañar las obras y ministerios de los verdaderos creyentes. Marcos 16:17–20 declara: “Y estas señales seguirán a los que creyeren: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; quitarán serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les dañará; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán… Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, obrando con ellos el Señor, y confirmando la palabra con las señales que se seguían. Amén”.
Mientras que Cristo le indicó a Sus apóstoles lo que habría de ocurrir en las vidas de aquéllos que creyeran, el significado de este texto, cuando lo balanceamos con otras escrituras relacionadas con la salvación (tales como Romanos 10:8–13), no implica que éstas ocurrirán en cada experiencia salvífica.
Sin embargo, la iglesia no encuentra ningún respaldo bíblico para el cese de estas señales, sino que cree que las mismas han ocurrido y continuarán ocurriendo hoy: “¿cómo escaparemos nosotros, si tuviéremos en poco una salud tan grande? La cual, habiendo comenzado a ser publicada por el Señor, ha sido confirmada hasta nosotros por los que oyeron; testificando juntamente con ellos Dios, con señales y milagros, y diversas maravillas, y repartimientos del Espíritu [Santo] según su voluntad” (Hebreos 2:2–4).
11. Sanidad divina +
La gracia soberana y misericordia de Dios, a través de la expiación de Cristo por todos nuestros pecados y, en última instancia, por las consecuencias del pecado, provee para la sanidad y salvación de nuestras almas, así como de nuestros cuerpos, mediante Su obra en el Calvario.
De acuerdo al testimonio de Cristo y Sus apóstoles, según aparece registrado en los evangelios y el libro de los Hechos (Marcos 3:1–5, 9–12, 14, 15; Mateo 10:8; Hechos 5:12), la iglesia cree que la sanidad divina ocurre mediante el poder de Dios (Mateo 8:14–17). Aunque es claro que Dios no siempre sana inmediatamente en respuesta a todas nuestras oraciones (sea por uno mismo o a favor de otros, véase 2 Timoteo 4:20), es un deber bíblico de los ancianos y ministros orar por los enfermos y visitarlos (Santiago 5:13–18 con Mateo 25:34–40).
“Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias” (Salmo 103:2, 3). Si bien este texto se refiere directamente al alma, toda la persona (espíritu, alma y cuerpo) puede ser sanada divinamente por el poder de Dios. La sanidad de personas en respuesta a la fe y la oración (Hechos 3:11–16) y por la misericordia especial de Dios (véase Filipenses 2:25–27) es confirmada en las Escrituras.
Tenemos el deber de continuar orando fervientemente por los enfermos, dejándolo humildemente en las manos de Dios para que Él obre Su voluntad soberana.
Prácticas y Ordenanzas
12. Bautismo en agua +
El bautismo en agua es el acto de ser sumergido en agua de acuerdo al mandamiento e instrucciones de Cristo (Mateo 28:19). Esta ordenanza no tiene el poder para lavar los pecados, sino que es la respuesta de una buena conciencia hacia Dios (1 Pedro 3:21) y representa para el creyente identificarse con la muerte, sepultura y resurrección de nuestro Señor (Romanos 6:3–5).
Marcos 16:16 enfatiza aún más la necesidad de este paso de obediencia: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”. En el día de Pentecostés, el apóstol Pedro le dijo a aquéllos bajo convicción lo que debían hacer: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).
Obviamente, los apóstoles siguieron literalmente las instrucciones del Señor, y nosotros no podemos hacer menos. Por lo tanto, el bautismo es la evidencia exterior de nuestra sumisión a Cristo en la salvación y nuestra declaración pública de que somos Sus seguidores. Nos identifica con Su pueblo en Su reino. “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados: y fueron añadidas a ellos aquel día como tres mil personas” (Hechos 2:41; véase también 10:47, 48 y 16:30–33).
13. La Cena del Señor +
La Cena del Señor es una ordenanza sagrada que nuestro Señor mismo instituyó la noche en que fue traicionado al comer la Pascua con Sus discípulos (Lucas 22:14–22). Él les instruyó que debían hacer esto en memoria de Él, representando nuestra comunión y confraternidad con Él.
El apóstol Pablo reiteró las instrucciones del Señor a los corintios (1 Corintios 11:23–25), añadiendo detalles significativos: “Porque todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga. De manera que, cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor” (v. 26–27).
Por lo tanto, la posición de la iglesia es que este sacramento sea observado con completa solemnidad y de manera ordenada. Nadie deberá acercarse a la mesa del Señor con un pecado sin perdonar en su corazón, y todos deberán consagrarse en oración antes de participar. La Cena del Señor consiste del “fruto de la vid” (jugo de uva sin fermentar, como es nuestra práctica), representando la sangre de Cristo, y pan sin levadura, representando Su cuerpo quebrantado en la cruz.
La iglesia recomienda que la Cena del Señor sea observada por lo menos una vez cada trimestre; sin embargo, hacerlo más a menudo es completamente compatible con la enseñanza bíblica: “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y con sencillez de corazón” (Hechos 2:46, 47).
14. El Lavatorio de Pies de los Santos +
El Lavatorio de Pies fue instituido por Jesús la noche de la Última Cena y la iglesia lo considera una ordenanza neotestamentaria que se nos requiere observar. Así como la Cena del Señor representa nuestra comunión con Jesús, el Lavatorio de Pies representa nuestra unidad común (comunidad) de los unos con los otros como seguidores y copartícipes junto a Él.
Jesús envió a dos de Sus discípulos al hogar de un amigo especial en Jerusalén para que prepararan la cena de la Pascua (Marcos 14:12–17). Estos preparativos debieron haber incluido un lebrillo, un cántaro de agua y una toalla. Lucas nos relata que hubo angustia entre los discípulos al anunciarse la traición, seguida de una discusión sobre quién sería el más grande (Lucas 22:21–24). Jesús les enseñó que la relación correcta es el servicio (v. 25–27) y les demostró Su postura como Siervo al lavarles los pies (Juan 13:3–5).
Al establecer este espíritu de servicio, Cristo les dijo: “¿Sabéis lo que os he hecho? [...] Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavar los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:12–15, 17).
La iglesia promueve que el Lavatorio de Pies sea observado en el mismo servicio que se celebre la Cena del Señor, hasta donde sea posible, y siempre de una manera honrosa y ordenada.
15. Diezmos y ofrendas +
Diezmar significa entregar una décima parte de nuestras ganancias a la tesorería de la iglesia (Proverbios 3:9, 10). El primer registro bíblico de diezmar comenzó con Abraham, quien pagó diezmos a Melquisedec (Génesis 14:18–20); esta práctica continuó bajo la ley y recibió la aprobación de nuestro Señor (Mateo 23:23).
Otros escritores del Nuevo Testamento confirman que aquellos que predican el evangelio deben ser sustentados por los oidores (1 Corintios 9:6–14; Lucas 10:7). Hebreos 7:4–10 le confiere al diezmo una trascendencia generacional. La iglesia considera que la obligación bíblica de diezmar es que los diezmos sean entregados a la tesorería de la iglesia para la obra de Dios, especialmente para el beneficio de quienes ministran la Palabra (Hebreos 7:8). Las bendiciones y el favor de Dios seguirán en todas las áreas productivas de la vida (Malaquías 3:7–12).
Dar ofrendas es diferente a diezmar y se hace en adición al diezmo; ambas son parte del plan de Dios para financiar Su obra (1 Corintios 16:1–4; Filipenses 4:10–19). Un espíritu de generosidad ha impregnado a la iglesia desde la antigüedad (Hechos 4:32–35), recordando siempre que “más bienaventurada cosa es dar que recibir” (Hechos 20:35).
Una vez recibidos en la tesorería de la iglesia, los diezmos y las ofrendas son administrados según las normas autorizadas por la organización y su personal.
16. Restitución donde sea posible +
La restitución es el acto de restaurar algo que fue tomado indebidamente o de satisfacer a alguien contra quien se haya cometido una falta. Corregir nuestras faltas hasta donde sea humanamente posible es un resultado natural de la salvación por la gracia de Dios, como se observa en la respuesta de Zaqueo tras la visita del Señor: “Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, lo vuelvo con el cuatro tanto. Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa” (Lucas 19:8, 9).
Cuando es imposible hacer contacto con la persona o institución afectada, el creyente debe demostrar un deseo sincero de devolver lo tomado, restaurar la relación o buscar el perdón. Cuando sea necesario, quienes hacen restitución deben soportar pacientemente las consecuencias resultantes, ya sean sanciones legales, costos financieros o el rechazo de las partes afectadas.
“Y por esto, procuro yo tener siempre conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres” (Hechos 24:16).
Escatología y Destino
17. Segunda venida pre-milenaria de cristo +
Nuestro Señor Jesucristo regresará a la tierra (Hechos 1:11), y la iglesia entiende esta venida en dos fases. Primero, en el aire, para resucitar a los santos que han muerto y llevarse a los santos vivientes para encontrarse con Él y participar en la cena de las bodas del Cordero: “Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:16, 17; véase también 1 Corintios 15:51, 52; Apocalipsis 19:9).
En segundo lugar, Cristo regresará con los santos para reinar en la tierra por mil años: “...y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Mas los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años. Esta es la primera resurrección” (Apocalipsis 20:4, 5; véase también Zacarías 14:4–9; Apocalipsis 5:10; 20:6).
18. Resurrección +
El plan de Dios para el mundo incluye un tiempo en que todas las personas, vivos y muertos, rendirán cuentas ante Su trono de juicio. Por esta razón, todos los muertos, tanto los justos como los malvados, serán resucitados. Para asegurar que este juicio ocurra, Dios levantó a Cristo de los muertos y lo nombró Juez (Hechos 24:15; Daniel 12:2; 2 Corintios 5:10; Hechos 17:30, 31).
La resurrección de los muertos malvados y su tiempo de juicio no ocurrirán hasta después de los mil años del reino de Cristo y Sus santos sobre la tierra (Apocalipsis 20:4–6).
Pablo describió la esperanza cristiana en la resurrección de la siguiente manera: “A fin de conocerle, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, en conformidad a su muerte” (Filipenses 3:10). Asimismo, sobre nuestra esperanza en el Salvador, dice: “El cual transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria, por la operación con la cual puede también sujetar a sí todas las cosas” (Filipenses 3:21).
19. Vida eterna para los justos +
En Su oración como Sumo Sacerdote, Cristo definió la vida eterna de la siguiente manera: “Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado” (Juan 17:3). El Nuevo Testamento enseña por todas partes que la vida eterna le ha sido prometida a todo aquel que cree en Cristo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Cuando Él regrese, aquellos que hayan muerto en el Señor y aquellos que Le estén sirviendo recibirán la recompensa de la vida eterna: “Mas ahora, librados del pecado, y hechos siervos a Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y por fin la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:22, 23).
20. Castigo eterno para los malos +
La forma en que vivimos nuestras vidas en el mundo presente determinará nuestro destino en la próxima, nuestra recompensa eterna (Daniel 12:2; Romanos 2:4–9). Los incrédulos y malvados están condenados al castigo eterno del cual no hay escapatoria: no hay liberación ni aniquilación: “E irán éstos al tormento eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25:46).
“Mas a los temerosos e incrédulos, a los abominables y homicidas, a los fornicarios y hechiceros, y a los idólatras, y a todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8).
“Y a vosotros, que sois atribulados, dar reposo con nosotros, cuando se manifestará el Señor Jesús del cielo con los ángeles de su potencia, en llama de fuego, para dar el pago a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales serán castigados de eterna perdición por la presencia del Señor, y por la gloria de su potencia” (2 Tesalonicenses 1:7–9).
Vida Cristiana y Conducta
21. Abstinencia Totalde todo licor u otra bebida alcohólica +
“El vino es escarnecedor, la cerveza alborotadora; y cualquiera que por ello errare, no será sabio” (Proverbios 20:1). “Mas también éstos erraron con el vino, y con la sidra se entontecieron... erraron en la visión, tropezaron en el juicio” (Isaías 28:7).
Debido a estos y otros textos bíblicos, la Iglesia de Dios de la Profecía enseña la abstinencia del uso de bebidas intoxicantes. La enseñanza bíblica nos instruye: “Y no os embriaguéis de vino, en lo cual hay disolución; mas sed llenos del Espíritu” (Efesios 5:18). También se nos aconseja “que cada uno de vosotros sepa tener su vaso en santificación y honor” (1 Tesalonicenses 4:4).
La Escritura advierte sobre los peligros del consumo excesivo: “No estés con los bebedores de vino, ni con los comedores de carne: Porque el bebedor y el comilón empobrecerán” (Proverbios 23:20, 21). (Véase también 1 Corintios 5:11; 6:10; 10:31; Gálatas 5:21).
22. Concerniente al tabaco, opio, morfina, etc. +
“Así que, amados, pues tenemos tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santificación en temor de Dios” (2 Corintios 7:1). “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19, 20).
El uso del tabaco en cualquier forma está prohibido, así como el uso habitual de narcóticos o cualquier droga que produzca dependencia. Las adicciones y la esclavitud a las drogas u otras sustancias son incompatibles con la sujeción de nuestros cuerpos al Señor como vasos santos de honor para Su uso (Romanos 12:1, 2; 1 Tesalonicenses 4:4).
El principio rector es: “Si pues coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).
23. Libertad en comidas y bebidas +
El Nuevo Testamento no establece reglas rígidas concernientes a qué comidas debe comer o beber el cristiano, con la excepción de las bebidas embriagantes y sustancias que son adictivas y esclavizan. “Por tanto, nadie os juzgue en comida, o en bebida, o en parte de día de fiesta, o de nueva luna, o de sábados: lo cual es la sombra de lo por venir; mas el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:16, 17).
Por lo tanto, no tenemos ningún derecho de juzgar lo que nuestro hermano o hermana come o bebe. Las restricciones legales de la ley mosaica concernientes a estas no se extendieron a la Dispensación de la Gracia. “Que el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). (Véase también 1 Corintios 8:8 y 1 Timoteo 4:1–5).
24. Sobre el sabado +
El libro de Génesis nos dice que en el séptimo día Dios terminó Su obra, lo bendijo y lo santificó (Génesis 2:2, 3). La observación del sábado fue parte de la ley impartida a Israel como pueblo especial. Sin embargo, la corrección de Cristo a la estricta observación de los fariseos (Marcos 2:27, 28) liberó a la gente de ser esclava de ese día y afirmó Su señorío sobre el mismo.
Por lo tanto, la Iglesia de Dios de la Profecía enseña que la observación del sábado no fue extendida a la Dispensación de la Gracia. El domingo no es el sábado, sino un día separado para la adoración a Dios. La iglesia primitiva se refería a este como el “primer día de la semana”, el “día del Señor” o el “día de Resurrección”.
Se requiere que los cristianos mantengan cada día como uno santo. El sábado judío también era un tipo de Jesucristo, quien es presentado en las Escrituras como nuestro descanso (Hebreos 4:1–11). “Por tanto, nadie os juzgue en comida, o en bebida, o en parte de día de fiesta, o de nueva luna, o de sábados” (Colosenses 2:16, 17; véase también Romanos 14:5, 6).
25. Adorno +
Las Escrituras no prohíben el uso de símbolos matrimoniales por razones sociales o culturales, ni establecen su necesidad. En diversas situaciones, dicho símbolo puede fortalecer el pacto matrimonial y el orden, sin ser considerado un ornamento (Génesis 3:16; 1 Corintios 11:8; Efesios 5:22, 23).
En cuanto al adorno ornamental, aunque no se requiere ni se prohíbe de manera absoluta, las Escrituras presentan principios firmes de precaución basados en la modestia, el pudor y la prudencia, destacando el valor del adorno interior: “un ornato de espíritu agradable y pacífico” (1 Timoteo 2:9, 10; 1 Pedro 3:3, 4).
El ornamento no debe ser utilizado de ninguna manera que se preste a prácticas idólatras, de ocultismo o lujuria (Isaías 3:18–22; Hechos 8:9; 19:19; 1 Corintios 5:10; 6:9; Gálatas 5:19–21; Apocalipsis 2:20–23). Recordamos que el concepto de adorno abarca más que solo joyas.
Para aplicar estos principios con prudencia, tanto para quienes usan adornos como para quienes no, debemos seguir el principio fundamental de Romanos 14:13: “Así que, no juzguemos más los unos de los otros: antes bien juzgad de no poner tropiezo o escándalo al hermano [hermana]”.
26. Membresia en logias/ sociedades secretas +
La Biblia se opone a que el pueblo de Dios esté unido en yugos desiguales con los incrédulos (2 Corintios 6:14–18). Asimismo, se opone a la participación en sociedades secretas, requiriendo la completa y total lealtad de los hijos de Dios: “Jesús le respondió: Yo manifiestamente he hablado al mundo: yo siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se juntan todos los Judíos, y nada he hablado en oculto” (Juan 18:20; véase también Lucas 16:13).
Muchas de estas organizaciones requieren tomar juramentos de secreto, los cuales están claramente prohibidos en las Escrituras (Efesios 5:12, 13).
27. El vocabulario de los creyentes +
Tomar un juramento en vano es algo inútil y condenado en las Escrituras. Una afirmación de la verdad acerca de algo es suficiente y, con frecuencia, es aceptado incluso en las cortes de justicia: “Mas yo os digo: No juréis en ninguna manera... Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:34–37; véase también Santiago 5:12).
Al “jurar” también se puede incurrir en blasfemia, lo cual es condenado por la Biblia: “Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación, para que dé gracia a los oyentes” (Efesios 4:29; véase también 5:4).
28. Matrimonio, divorcio y recasamiento +
La Iglesia de Dios de la Profecía afirma que el matrimonio es sagrado, instituido por Dios como una relación de pacto de por vida entre un hombre y una mujer. La familia bíblica está compuesta por un padre y una madre que pueden procrear hijos, y el hogar debe ser gobernado con amor y disciplina. La iglesia se opone a prácticas contrarias al diseño original de Dios, tales como el aborto, incesto, abuso, eutanasia, adulterio, divorcio y uniones homosexuales, incluso si son reconocidas por gobiernos civiles.
Respecto al divorcio, la iglesia se opone a la ruptura de un matrimonio bíblico, priorizando el perdón y la reconciliación. No obstante, reconoce que existen situaciones donde un matrimonio puede considerarse concluido sin que el recasamiento sea clasificado como adulterio, tales como:
- Divorcios y recasamientos ocurridos antes de la experiencia de salvación, habiendo buscado restitución y restauración donde sea posible.
- Divorcios debidos a conducta de adulterio habitual donde la reconciliación ya no es posible.
- Divorcios causados por abuso conyugal o hacia los hijos, conductas incestuosas o situaciones que pongan en peligro la vida, la salud y la santidad del matrimonio.
Los miembros no deben iniciar el divorcio sin agotar todas las posibilidades de asesoramiento bíblico. Casos que violen normas bíblicas o que no encajen en las categorías descritas deberán ser referidos al pastor y al liderazgo de la iglesia para su resolución.